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"Buenos días colesterol"
(Premio Sial de Poesía 2000) Sial/Contrapunto 2000
LA VIDA
INGREDIENTES:
-Un par de huevos u ovarios.
-Un vaso de ¡azúcar!
-Una balsa de aceite.
-Una tonelada de polvos.
-Un pellizco de desasosiego, aromático y fresco.
-Un chorrito de whisky.
Se mezcla todo con la batidora (hay gente que utiliza hormigoneras,
pero no es lo mismo) excepto el dolor que se corta en forma de luna.
Se puede añadir, según los gustos, un limón y medio limón rallados.
Prestar atención a la masa o la pasta de la tarta. Cuanta más pasta
menos energía se transforma. Con kilo y medio de levadura basta.
Se pone todo en un molde y se mete al horno.
Antes de sacar la Vida del horno, se puede poner por encima mermelada
de albaricoque.
Dejar reposar y después servirla generosamente.
Nota: Esta receta no suele salir
a la primera. Insistir.
WALTER BENJAMÍN
“Siempre seremos subjetivos porque somos sujetos.
Sólo los objetos pueden ser objetivos”,
repetía con dolorosa lucidez aquel judío
mientras huía de los reflectores
y los cuchillos largos, de Berlín a Portbou,
buscando el verano, la playa solitaria
del ocaso.
Esa luz última del Mediterráneo
donde uno extendiendo los brazos
puede convocar a los mitos del cosmos,
y los dioses, desarmados por tu llanto,
acuden para darte a comer la flor de loto
y olvidar tu país, tu aflicción, tus recuerdos.
El corazón, en ese momento de dulce fulgor,
sabe que debe pararse para siempre.
BALA DE PLATA
Silba una bala de plata en la niebla,
viene hacia mí.
No sé cuánto tiempo me queda,
Ni lo que en encontrarme tardará.
Me siento más ligero que la memoria
de una pluma. Estoy tranquilo,
con mis cisnes cantando.
Todo el daño lo reparé con creces.
Pedir perdón no es tan difícil
Cuando sabes que una bala vuela hacia ti.
Me he vestido con mis mejores galas:
camisa negra, pantalón negro
y mis botas de cuero español.
Estoy preparado para el Descorche.
Fui feliz, ¡moderadamente!,
Cuando olvidaba que estaba vivo.
Repito: Fui feliz en los instantes
Que olvidaba mi condición...
Una bala de plata silba en la niebla*.
*Aquí la espero comiendo un
huevo...
CRIMEN PERFECTO
Al hombre que no te
deja vivir
se le debe matar en defensa propia.
Leopoldo María Panero
Llevo horas esperando
a ese ángel rechoncho y bonachón de Capra;
alguien que me lance un flotador, una sonrisa,
o me ate un ancla al corazón y diga:
Te lo mereces, pedazo cabrón.
Pero aquí no llega ni dios.
El teléfono como un gato dormido,
El grifo ni gotea,
y los martillos neumáticos
(que ensuciaban la noche sin tregua)
han parado para comer…
Me hubiese gustado palmarla de forma más ingeniosa,
echando un discursito, no sé, enfatizando
mis últimas palabras para la eternidad…
Como Bela Lugosi en Los Angeles:
“Yo soy el Conde Drácula,
el rey de los vampiros. Soy inmortal”.
O como Goethe:” Luz, más luz”.
O Claudel: “Doctor, ¿cree que habrá sido el salchichón?”
O, por ejemplo, como Vespasiano:
“Me estoy convirtiendo en Dios”.
Pero aquí no llega ni dios.
No hay campana ni toalla que me salven.
Ni novias esperando en el altar.
No se me ocurre nada señor juez,
salvo que no contaba con el tamaño de estas pastillas.
No me han ungido con los santos óleos
pero estoy comulgando con ruedas de molino.
Me mato en defensa propia,
no tengo nada en contra de la vida (de los otros);
la del hombre que metía la cuchara en mi boca
era un coñazo, la verdad.
Nadie se sienta culpable, pueril venganza.
Sin móvil ni coartada
soy el único responsable de este crimen perfecto.
ACEPTACIÓN
La tristeza es un virus extraño,
aparte de un pecado capital.
Me contagio de todo por estar informado:
de espanto, de utopía, de almorranas.
Tuve una amante llamada Vanidad,
era muy buena entre las sábanas
pero siempre que nos veíamos
me pasaba ladillas, un gonococo nuevo,
sífilis, blenorragia, anticuerpos...
Vanidad era un zoo de amor.
Una tarde tuve que decirle por teléfono
como Paul Ree a Lou Andreas Salomé:
Ten compasión, no me busques.
Me acepto como soy: difícil por sencillo, vulnerable,
sonámbulo, sin chaleco antibalas.
Mi madre escribió en mis genes una canción de amor.
No escondo mi talento bajo tierra,
ni entrego mi dinero a los banqueros.
El talento se oxida cuando no se comparte,
el dinero te calla la boca.
A veces interpreto al hombre que tú me crees.
Me aburro como un guisante.
Abandonado, como tu abuelo en la gasolinera,
no llego ni al final del primer acto.
Me acepto como soy: con vida de juguete,
sabio cuando me callo y escucho la tormenta...
No estoy solo en el mundo.
La tristeza es un virus extraño
y yo vivo en la casa de la Necesidad.
Sé que el amor se parece a la muerte.
EN LOS LABIOS DE UNA PUTA
A los verdugos, decía Jean Paul Sartre,
es fácil reconocerlos: tienen cara de miedo.
A los funcionarios el reloj, pasadas las tres,
les chorrea por la muñeca como Blandi-blub.
El miedo, los funcionarios, los artistas:
el mismo material de construcción.
Nietzsche mató a Dios,
Lou Andreas Salomé, después del clímax,
acabó con Nietzsche y de paso con Rilke.
Fausto devoró a Goethe,
pero ahí siguen la Pepsi y la Cocacola.
Vivimos rodeados de ventanas:
hablamos con ciberfontaneros australianos
y nos comemos los huevos sin sal
porque no conocemos al vecino de enfrente.
A los artistas es fácil reconocerlos,
tienen cara de verdugo…
Cuantos más conozco
más entiendo a las putas:
al menos ellas no se dejan besar
en los labios; guardan ahí su “pan de higos”,
su salvación, su pureza de oficio antiguo.
En los labios de una puta duerme el Fuego,
descansa tu Dignidad. |