"Constelaciones al abrir la nevera"
Ed.Hiperión 1996


AUTORRETRATO CON ZAPATILLAS VERDES

Soy un hombre que quería expresar
el secreto de las cosas,
la emoción del mundo, las prisiones de barro;
que desató los nervios de la risa y las lágrimas.
Soy un hombre que quería olvidarse
cuando amaba,
que amando sin orgullo se quiso comprender
y gozar, gozar de la luz interior.
Soy un hombre que se derramó
sobre la vida y el papel, no como el mercurio,
sino como un licor espeso y torrencial;
que buscó en los sueños oscuros
el aroma misterioso y sincero
del primer día de la creación.
Soy el hombre que quedó por debajo
de sus versos, sus besos, su música,
su deseo en silencio;
que descendió a los cajeros automáticos de la soledad
para robar sólo un rayo de sol.
Soy un hombre, sospecho, sin un final feliz
por acuchillar hasta desvanecerme
lienzos de escalofrío,
por mezclarme con sangres prohibidas
y no dejarme suplantar
por el muñeco puritano y astuto.
Soy un hombre que se tragó los buques de todas las botellas
y tentó a la luna con su piano de juguete;
un hombre con músculos de canela
que caminó sobre las olas
con esas viejas zapatillas chinas.

He pasado los treinta
y este mundo aún no se ha enterado de que he muerto.
Ése ha sido el precio de la convulsión.
 


DIES IRAE

Todavía los nombres de las agendas viejas
llaman a casa preguntando por ti.
Amigos que abandonaron la ciudad,
ex compañeros de trabajo
que querían invitarte a una fiesta.
y hay que decirles que no estás,
que te marchaste con la luna nueva
dejando un testamento de preguntas,
demasiados incendios para una sola noche.

Intentaste eludir a los dioses de la ira,
-no puedo imaginar el huracán de miedos
que golpeaba las puertas de tus palabras,
los silencios sin ángeles entre cada palabra-
y los dioses de la ira no olvidaron tu nombre.

Y aún de cuando en cuando, como un río de lava,
asoman tus mensajes en el contestador.
 


PARADOJAS DE LA BELLEZA

¿Cuántos kilos de marfil se necesitan
para construir el teclado de un piano?,
¿cuántas toneladas de elefantes hay que abatir
para escuchar en los salones
una polonesa de Chopin?
¿Cuántos bosques más deben talarse
a cambio del placer de Shakespeare o Quevedo?

¿Cuántas montañas se deben arañar
para que el metal y la piedra se sueñen
entre las manos de Brancusi o Giacometti?
¿Cuántos esclavos de guerra se deben emplear
para que los tiranos levanten sus cruces,
construyan sus pirámides...?

¿Cuánta naturaleza hay que ultrajar
para que las tops-models nos fascinen
con sus potingues, sus sombras, sus pestañas postizas,
por la divina comedia de las revistas y las pasarelas?

¿Cuánta ignorancia más se debe financiar,
cuánta depredación se debe tolerar,
cuánta vida se debe exterminar
para que lo vacuo, el lujo, la fanfarria
nos entretegan y nos envilezcan?

La muerte se exhibe con distante belleza,
retorcida cosmética, seductores demonios,
pero huelen tanto a descomposición
todas sus industrias y sus estrategias,
que a veces quisiera dejar de esculpir,
pintar, escribir, cantar, contemplar,
para no ser Cómplice, ni un segundo más,
de la Casquería.
 


LAS COSAS DE VALOR

La argamasa que sustenta mis paredes
se hizo con lágrimas y manos soñadoras
y callosas de mis antepasados
y tierra de escombros y desprendimientos...
Así que el huracán
-que anunciaban las viejas emisoras
de alta mar- ha pasado esta noche
y muchas otras noches, su furia ha de venir...
Pero los muros se dejaban traspasar,
los goznes olvidaban viejos óvidos
y la casa ofreció mínima resistencia,
como se hace con el sufrimiento
cuando sin previo aviso te cubre de costras
y te cala los tuétanos con su bífida lengua.
Dicen que los budistas se entregan al dolor
de esta manera y eso les hace sabios
y de edad y memoria transparentes...

Así tras los años, los cantos de sirena,
las mentiras, viendo pasar los cielos solitarios,
he aprendido a salvar las cosas de valor.
 


INSTANTES ETERNOS EN MITAD DEL ATASCO

Querida mía, acepta este presente sin futuro
en este fecha que los hombres marcaron
para las exhibiciones del amor.
Te he grabado esta cinta a ratos y sin orden,
con el aullido de todas las mañanas del planeta,
tratando de no olvidar los azares
por los que sigo ardiendo en tus pupilas.

Eres un bien escaso, cariño...como el agua.
Eres mi pequeño milagro. Mi tarjeta de embarque,
mi tormenta de azúcar.
Este mundo digital y de voyeurs, facha e intolerante,
estos tiempos de látex y control
no te merecen, vida mía.

Eres mi Cruz del Sur y mi sonrisa polinésica.
Te quiero en mis brazos la noche del fin del mundo.

Hay tantas cosas que no dejan huella:
los barcos en el mar, las flechas en el aire,
las serpientes sobre las piedras.
Tantos rostros que se almacenan y se pierden,
tan poco silencio, tan poca eternidad en el asfalto.

Nuestro fuego de San Telmo,
las estrellas de lluvia de lejanos veranos
se han convertido en rescoldos perennes,
pero siguen cambiando las mareas
y esa luna preñada y con tatuajes nos pone como motos.

Me imagino, en un derroche de logística,
tu cuerpo moreno y frutal al volante,
tu lindo culo, las marcas del bañador,
el bosque de amor al final de tus muslos,
tu vaso ritual donde me ofreces
el té de los mongoles,
tu Libro de Maravillas, los frescos de la gruta,
la perla negra del Gran Río azul.

Uff...mis pagodas apuntan muy alto.

A mis dedos les sobra memoria,
las líneas de la vida, la inteligencia y el amor
se humedecen evocando tus pezones de guerra.

No sé cuánto tiempo nos queda, qué más da.
quizás un día de estos nos salpique la mierda
y con las sombras del eclipse me sususrres:
Nadie es imprescindible, nadie es imprescindible.

Pero hasta entonces te voy a gozar,
te voy a recorrer como un Centauro.

No hay miserias ni papeles que nos aten,
tú y yo estábamos unidos desde la noche de los tiempos
en un rito pagano y panteísta:
Alguien arrojó un anillo al mar
y luego pronunció nuestros nombres.

¿Cómo nos conocimos?¿Te acuerdas?
Yo trabajaba en una terraza de la Castellana,
de camarero de la vida como decía Tristan Tzara.
Joder, estaba escuálido, lo sé por una polaroid
que aparece como el Guadiana entre mis libros.
Venías con Isabel, tú le dijiste que yo estaba muy bueno.
Me pediste un cubata y yo te invité a tres.

Isabel se fue al cielo de los fumadores
y ahora andará vendiéndole enciclopedias a Voltaire.

Querida mía, acepta estos versículos de cromo:
ya sabes, hoy es catorce de febrero.
Amarte es como andar en bicicleta.
contigo es tan fácil cambiar el agua a las pirañas,
verse cada mañana envejecer,
pasar la Iteuve.

Las praderas son menos oscuras esta noche,
los milanos acunan a sus crías
en un prodigio de sosiego y paz,
los glaciares gotean lentamente,
las hojas de las mimosas se contraen con la brisa:
así te siento yo. Así te quiero.

Instantes eternos en mitad del atasco.
 


PANFLETO DE LOS CONSTRUCTORES DE TRAMOYAS

La mierda, la canalla de corazón oscuro devasta nuestras palabras, nuestros ferrocarriles.
Marion Weight

Detrás de un arma siempre hay una mano,
detrás de Henry Jekill espera Mister Hide.
Detrás de Toulouse suele venir Lautrec,
detrás de un gran hombre hay una gran mujer:
servil, amedrentada, desdentada,
con unas zapatillas en las manos,
la cocina apestando a coliflor y a pañales manchados,
el pelo mal teñido, las uñas alcohólicas.

Detrás de Astérix renquea siempre Obélix,
detrás de Pasolini, Pino Pilosi en Ostia.
Detrás de los parking de los hipermercados,
doce millones de críos se mueren cada año.
¿Habrá algún día en que el ópalo del cielo
olvide tu rostro y derrame otra luz?

Detrás de Moby Dick, los barcos factoria,
detrás de un karaoke, un Mishima se inmola.
Detrás de Chernobil, tomates radiactivos,
detrás de Mururoa se vara la manada.
Detrás de una botella no siempre hay un Bukowski,
ni un Carver ni un Steinbeck ni un Fitzgerald ni un Hammett.
Detrás de una botella no siempre hay un Faulkner,
ni un Hemingway ni un Lowry ni un Kerouac ni un Cheever.
¿Qué tiene la memoria de la noche anterior
sino el remordimiento de no haber hecho más?

Detrás de un chulo siempre hay una puta,
detrás de una puta hay una buena historia.
Detrás de la Historia están los vencedores,
detrás de un ganador, siempre un hijo de puta.
Detrás de un escriba siempre dicta Ramsés,
detrás del faraón suspira Nefertari.
Detrás de un escritor ríe un subsecretario:
un talón sin firmar encima de la mesa.
¡No, mi alma no se hizo para los ministerios
ni para las caricias y besos del forense!

Detrás del manicomio la prole de Ceauceascu
sidosa y extasiada...
Detrás de Tombuctú, las mujeres jirafa
espantan a los cuervos...
¿Qué tiene Tombuctú que hipnotiza a sus huéspedes
y todos los domingos, en su zoco, se produce un milagro?

Detrás del humo, el puro de Orson Welles,
detrás de Welles, una constelación
llamada Rita Hayworth:
dientes de cocaína, samba bestial de amor.
Detrás de los Andes, una nación de pájaros,
muchachas de aguamiel y volcanes dormidos.
Detrás de los volcanes, los Pinochets de siempre,
sus largas narices, sus mastines de acero...
¿Qué es la vigilia sino la expiación
de algunos sueños?

Detrás de un infeliz, nostalgia del futuro,
detrás de un visionario, un cazador de brujas.
Detrás de los espejos, el aya de De Quincey
ilustra al barrendero sobre limpieza étnica...
Detrás de un genio, los Salieri de siempre:
música de mandíbulas desencajándose.

¿Pero qué hay más atrás, siempre en la retaguardia,
detrás de los detrases y desastres,
con serpientes como sortijas en los dedos,
con las luces de los flexos apuntando a la cara?
¿Quién mueve las veletas, siempre en la retaguardia,
quién sino el gran hermano del terror sideral?
El maldito, presuntuoso y genético miedo
que distorsiona el fotograma más nítido de un sueño,
vacía las rosas y el amor,
aplasta con sus espuelas los caminos tranquilos,
y otorga el poder, la pesadilla,
a los pusilánimes...
Los constructores de tramoyas.

Sí, detrás de preguntas, locuras, resplandores,
siempre agitando la caja de tormentas,
están los dueños de la pesadilla:
los constructores de tramoyas.


© Ángel Petisme